viernes, 26 de septiembre de 2014

El Vigésimo Séptimo día


Cuesta echar la mirada hacía atrás cuando a día de hoy hace 1 año y medio de aquel día. Es normal, los días, los meses y los años pasan y a los recuerdos solo les quedan dos opciones: o quedarse en el olvido o nublarse cada vez un poquito más conforme va pasando el tiempo, debido a ese capricho de los humanos de no poder retener de una manera fresca y viva ciertos recuerdos como si los estuvieras viviendo en ese mismo instante. Pero lo intentaré.
Era un 27 de marzo de aquel año 2013, creo recordar que era miércoles, sí de hecho lo era. Hacía días que las chicas y yo habíamos oído de que nuestro amigo, aquel que hacía unos meses tuvo que irse con su madre y su hermana de vuelta a su tierra andaluza, volvería este jueves a hacernos una visita. Pero además, estaba la novedad de que vendría acompañado por dos amigos suyos. Pero en fin, ahí estaba yo aquel miércoles, recién finalizada la reunión y recorriendo todo el salón con aquellos gigantes tacones negros de punta redonda y cerrados al pie, mi falda negra de tubo hasta las rodillas y mi camiseta de color rojo con una manga francesa hasta el codo, ¿ y todo para qué? para ir en busca de aquellas personas con las que me gusta conversar cada semana. Es gracioso, parece que estoy viendo aquella horquilla que llevaba sujeta al flequillo. Desde hace cinco años atrás, lo había llevado recto hacía abajo, mas o menos rozando las cejas, y de hace unos días atrás había decidido dejarmelo hacía uno de los lados, y claro, aún me quedaba un tanto ridículo con cuatro pelos rebeldes incapaces de ser sujetos por aquella horquilla en medio de mi frente.
No sé con quién estaría hablando en aquel momento, pero de repente, empecé a escuchar algo que me hizo volver la mirada hacía la puerta principal.. ahí estaban, Fran y su familia habían llegado por sorpresa aquella misma noche ¡ y qué sorpresa ! me acuerdo de cómo iban vestidos, ropa cómoda, zapatillas de deporte, y unos rostros muy cansados. Era normal, ya que seis horas conduciendo te dejan super agotado. En ese mismo instante, me acordé de lo que nos dijo Fran, eso de que traería a dos amigos suyos. De un momento a otro mi mirada fue en busca de aquellos chicos y debo de decir que una parte de mi deseaba o esperaba que aquellos chicos fueran pues un tanto guapos o al menos atractivos y..allí estaban junto a la familia con la misma cara de cansados o más, y por supuesto con las mismas vestimentas cómodas. Fui rápida hacía ellos al igual que las chicas, la verdad es que me gusta acoger y saludar a todas las personas que llegan nuevas al salón. Y bueno, la verdad que desde cerca no me parecieron nada que se saliera fuera de lo ordinario, es decir, de lo habitual que te sueles encontrar por la calle, nada del otro mundo, siendo un poco grosera.
Sus nombres eran Juan y Quinta, unos chicos que a mi parecer rondarían los veinte o veintiún años.
Al primero no le presté mucha atención y al segundo creo que aún menos. Así que, seguí mi camino y continué saludando a Fran, a su hermana pequeña y a su madre mientras una parte de mi deseaba que su compañía, la compañía de todos los que habían venido me hicieran entretenidos los días siguientes. Pero no comenzaría esa misma noche, o eso creía yo.
La bienvenida finalizó y cada uno se volvió a su casa, en mi caso, yo me fui a la mía con mi madre. Nada mas llegar, y como aún sigo haciendo , me quité aquellos andamios negros para subir de una tirada la escalera de mi casa. Recuerdo como después me encontraba en mi dormitorio frente a mi armario, quitándome aquel conjunto negro y rojo para después guardarlo en el mismo. Recuerdo que minutos antes mi madre me preguntaba como cada noche suele hacer, que qué quería para cenar..¿ qué vas a cenar? ¿quieres un bocadillo? ¿ de que lo quieres?. Que horror, se me habían quitado todas las ganas de cenar. Pero entonces, estando en mi dormitorio sonó mi teléfono, ¡ eran las chicas!, me decían que si quería ir con ellas y con la familia Serrano al chino del pueblo a cenar. Desde luego que un plato de mi chino favorito sí que me apetecía y más si era en su compañía. Así que me arregle, me puse mis vaqueros oscuros y mi jersey a rayas azules y plateadas, me retoqué un poco el maquillaje que ya llevaba puesto y mientras le comunicaba a mis padres que iba a salir esa noche, cogía el móvil, el dinero y las llaves para a continuación bajar las escaleras a toda prisa y salir por la puerta, ¡ Au revoir!.
Cuando llegué al chino, habían escogido una mesa redonda para todos, y ahí que fui yo a escoger mi sitio. Para mi sorpresa, uno de los chicos se sentó a mi lado, concretamente al lado izquierdo mientras que a la misma vez mi amiga Elisabet se acercaba para decirme que me pusiera en otro sitio ¡ insinuaba que me había puesto al lado de aquel chico a posta! Pero bueno, al final nos quedamos tal cual. La verdad es que la noche estuvo entretenida, yo disfrutaba de mis platos de comida china que suelen ser tallarines, un rollito de primavera, pollo con almendras.. mientras disfrutaba de las conversaciones que establecían los demás. Digo los demás porque yo no soy mucho de hablar, quiero decir, según que momento y esa noche no estaba especialmente habladora. Pero algo, o más bien alguien me llamó la atención: Juan, aquel chico que se me puso a mi izquierda guardaba aún más silencio que yo. Él dedicaba todos sus esfuerzos a abrir la boca y meterse el tenedor lleno de comida china a la boca, supongo que estaría muerto de hambre después del largo viaje, pobre. Recuerdo como alguien de los que estaban en la mesa le decía: ¡ Juan que callado que estás!. Debo admitir que una parte de mi pensaba que me había topado con uno de esos chicos tímidos que raramente te sueles encontrar pero que los hay. En fin, la velada fue estupenda y yo ya no veía el momento de volver a quedar con ellos. Cuando llegué a casa y me acosté, mi mente ya estaba dando vueltas en qué sería de los siguientes días y más aún qué tal sería con aquellos dos chicos nuevos.

Esa fue la manera en la que te conocí, en verdad no tiene mucho de especial. Aquella tan abstracta e inconcebible manera si miramos a como estamos tú y yo al día de hoy. Quién me iba a decir aquel día mientras te saludaba dándote dos besos o mientras estaba sentada observando tu silencio en aquella mesa redonda del restaurante que ahora mismo estaría viendote tras una pantalla como cada día y escribiéndote esto, para que me saques una leve y corta sonrisa de las tuyas que tanto me gustan mientras lees palabra por palabra.



De una manera inconcebible y abstracta te quiere, Mary.